Ilustración sobre privacidad digital. Una mano marca la casilla de aceptación de términos y condiciones en un teléfono móvil. Alrededor aparecen conceptos como geolocalización, almacenamiento, terceros, seguridad, perfiles y eliminación de cuenta, mientras una persona reflexiona sobre qué ocurre con sus datos.
Hay una casilla que casi todos conocemos.
“He leído y acepto los términos y condiciones y la política de privacidad.”
La marcamos.
Pulsamos continuar.
Y adelante.
Hace unos días comentaba con varias personas algo que me estaba ocurriendo mientras trabajaba en AccessGo. La respuesta fue bastante parecida en casi todos los casos:
“Sí, ya… Yo tampoco me lo leo.”
Y me hizo pensar.
Porque sabemos que deberíamos leerlo. Sabemos que estamos aceptando algo. Incluso sabemos que probablemente estamos autorizando el tratamiento de determinados datos.
Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta ser realmente conscientes de lo que significa.
“Si solo me pide el nombre y el correo…”
Eso mismo podría pensar alguien al registrarse en AccessGo.
Para crear una cuenta no hacen falta decenas de datos personales. Un nombre, un correo electrónico, una contraseña…
Parece sencillo.
Pero preparando la Política de Privacidad y los Términos y Condiciones de AccessGo he aprendido que la pregunta no termina ahí.
En realidad, ahí empieza.
Porque una aplicación no trata únicamente los datos que escribimos en el formulario de registro.
¿Qué ocurre si utiliza nuestra ubicación?
¿Qué sucede cuando calculamos una ruta?
¿Se guarda esa ruta?
¿Durante cuánto tiempo?
¿Quién puede acceder a ella?
¿Qué ocurre con una dirección que hemos indicado como destino?
¿Y con nuestras preferencias?
¿Una aplicación conoce determinadas necesidades de accesibilidad?
¿Utiliza servicios de otras empresas para calcular rutas, buscar direcciones o mostrar mapas?
¿Qué información reciben esos servicios?
¿Qué sucede cuando cerramos sesión?
¿Y cuando eliminamos definitivamente nuestra cuenta?
Entonces aquella sencilla frase de “solo pedimos nombre y correo” deja de explicar realmente lo que está ocurriendo.
Lo que estoy aprendiendo gracias a AccessGo
Crear AccessGo me está enseñando muchísimo sobre tecnología y accesibilidad, pero preparar su privacidad me ha dado una lección que no esperaba.
Para poder explicar a una persona qué ocurre con sus datos, primero tienes que saberlo tú.
Y saberlo de verdad.
He tenido que revisar dónde se guarda cada dato, qué información permanece en el dispositivo, qué se almacena de forma remota, qué ocurre al cambiar de una cuenta a otra, qué servicios externos intervienen y qué información necesitan para funcionar.
Incluso una acción aparentemente sencilla puede abrir muchas preguntas.
Si una aplicación abre un servicio externo, ¿qué le está enviando?
Si utiliza geolocalización para calcular una ruta, ¿quién recibe esas coordenadas?
Si una persona elimina su cuenta, ¿desaparece realmente todo?
¿Puede existir información comunitaria que deba permanecer, pero completamente desvinculada de quien la aportó?
Y algo que me parece especialmente importante:
¿Puede una persona entender todo esto antes de pulsar “Acepto”?
¿Hay una papelera en Internet?
Hace pocos días publiqué una reflexión sobre qué ocurre con nuestros datos cuando los eliminamos.
La pregunta era sencilla:
¿Existe una papelera en Internet?
Preparando ahora la privacidad de AccessGo, aquella pregunta ha adquirido todavía más sentido.
Eliminar una cuenta no debería significar simplemente hacer desaparecer nuestro nombre de una pantalla.
Hay que preguntarse qué ocurre con los datos asociados a ella.
Qué se elimina.
Qué puede permanecer.
Por qué permanece.
Durante cuánto tiempo.
Y si algo continúa existiendo, si todavía puede relacionarse con nosotros.
Eso también forma parte de aquello que aceptamos al registrarnos.
También existen terceros
Hay otra cuestión en la que pocas veces pienso cuando instalo una aplicación.
Una app puede necesitar otros servicios para funcionar.
Mapas. Geocodificación. Cálculo de rutas. Inicio de sesión. Servidores. Servicios de transporte. Páginas externas.
Eso no significa necesariamente que todos ellos reciban nuestros datos personales.
Pero sí debemos poder saber cuáles intervienen y qué información reciben cuando es necesaria para prestar una función.
No es lo mismo que una aplicación abra simplemente la página web de un servicio externo que enviar unas coordenadas a un proveedor para calcular una ruta.
Como usuarios tenemos derecho a conocer esa diferencia.
La privacidad no debería ser un texto para cubrir el expediente
Esta quizá sea la lección más importante que me llevo.
Durante mucho tiempo he visto las políticas de privacidad como esos textos larguísimos que aparecen antes de utilizar un servicio.
Algo legal.
Algo obligatorio.
Algo que probablemente será muy parecido en todas partes.
“Visto uno, vistos todos.”
Ahora ya no lo veo así.
Una buena política de privacidad debería ser, sobre todo, una explicación honesta de lo que ocurre con nuestra información.
Qué recoges.
Para qué.
Dónde.
Durante cuánto tiempo.
Con quién puede ser necesario compartir determinados datos.
Qué derechos tenemos.
Cómo podemos ejercerlos.
Y qué sucede cuando decidimos marcharnos.
En España y en la Unión Europea existen normas que protegen nuestros datos y reconocen derechos a las personas. Pero para ejercer nuestros derechos primero necesitamos saber qué está ocurriendo.
Y ahí también tenemos una responsabilidad como usuarios.
Quizá deberíamos tardar un minuto más
No voy a decir que a partir de mañana todos vayamos a leer de principio a fin cada documento jurídico que aparezca en Internet.
Probablemente no sería realista.
Pero sí creo que podemos cambiar una costumbre.
Antes de marcar automáticamente “Acepto”, podemos dedicar unos minutos a buscar las respuestas a algunas preguntas:
lista de 7 elementos
• ¿Qué datos me pide este servicio?
• ¿Para qué los necesita?
• ¿Utiliza mi ubicación?
• ¿Comparte información con terceros?
• ¿Puedo eliminar mi cuenta?
• ¿Qué ocurre con mis datos cuando lo hago?
• ¿Cómo puedo ejercer mis derechos?
fin de lista
Y si no encontramos respuestas comprensibles, quizá eso también nos esté diciendo algo.
“He leído y acepto”
Después de todo lo que estoy aprendiendo preparando AccessGo, esa frase ya no significa lo mismo para mí.
Ahora veo esa casilla como una pequeña decisión sobre algo bastante grande:
nuestra información.
La privacidad no consiste únicamente en esconder datos.
También consiste en saber quién los utiliza, para qué los utiliza y qué control seguimos teniendo sobre ellos.
AccessGo nació con un objetivo relacionado con la seguridad de las personas.
Y trabajando en su privacidad he entendido algo más:
proteger a una persona también significa proteger su información y explicarle con claridad qué hacemos con ella.
Así que la próxima vez que aparezca aquella casilla quizá merezca la pena no pulsarla inmediatamente.
No es un obstáculo antes de entrar.
Es el momento en el que decidimos qué estamos dispuestos a compartir.
Y esta vez, quizá sí convenga saber qué estamos aceptando.
si quereis leer la entrada de la papelera digital, os dejo la sección de conciencia digital en digitalizacionsinbarreras.com
https://digitalizacionsinbarreras.com/conciencia-digital.html

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